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viernes, 27 de julio de 2012

La ministra de Desarrollo Social de la Nación, Alicia Kirchner, habla de su amor por Evita

A Evita la quise siempre sin conocerla desde pequeña. Mamá recuerda que le llamó la atención mi enorme amor hacia ella, fue algo especial. Lo que nunca imaginé que un día iba a seguir, salvando las distancias, el camino que ella abrió al hacerme cargo de las políticas sociales en la Argentina y mucho menos que el edificio donde está el Ministerio de Desarrollo Social estuviera envuelto con su imagen. La obra “Eva de los humildes” fue diseñada por el artista plástico Eduardo Santoro y construida por el escultor Alejandro Marmo.

Evita es ella, con su fuerza, con su lucha, con su convicción, con su amor a los niños, a los más necesitados, con su entrega al pueblo, con su amor a Perón. Por eso este recuerdo viene desde el corazón y mi admiración por su humildad, por ser una de las pocas personas que no se deslumbró ni con el poder ni la gloria.

El relato lo construyen los pueblos y por eso no se equivocan. Eva no es mito. Nació del pueblo y fundió su vida misma en él. Las historias surgidas después siempre estuvieron teñidas de contradicciones, contadas tal como ella misma dijo en medio de la farsa de muchos mediocres que la “medían con la vara pequeña de sus almas”.

Su vida fueron las convicciones, precursora de las mejores políticas sociales, sólo posibles en la médula misma de un modelo de país más justo, más equitativo y más solidario. Evita no se quedó en la convocatoria, militó políticamente sin despegarse de su raíz. Supo y es la abanderada del Proyecto Nacional y Popular que protagonizó hasta el último segundo de su vida.

Las grandes ideas, las más profundas transformaciones de las sociedades de todos los tiempos, se nutren de líderes que las transitan vívidamente. Por eso nuestra Eva no es un relato, es fuego, es amor, es revolución, es transformación.

No supo de especulaciones. Se entregó al amor del pueblo. Su mayor legado es haberle enseñado a los trabajadores la legítima reivindicación de sus derechos. No se sumó al asistencialismo de las conservadoras damas de beneficencia. Fue una revolucionaria que entendió en las calles el 17 de Octubre de 1945. Que significó al peronismo demoliendo estructuras injustas para edificar una nueva sociedad. Los reaccionarios intentaron después de su muerte desligarla de Perón, la acusaban de aventurera. Era la mejor manera de “desperonizar” al pueblo.

Hoy en la Argentina estamos fortaleciendo, pese a la crisis mundial, el modelo de Justicia Social que nos demostró hace décadas que otra sociedad es posible. Nuestra presidenta, cuando dejó inaugurada la muestra “Eva Perón, Mujer del Bicentenario”, la definió como “creadora del concepto de justicia social”.

Cuando asumí como ministra de Desarrollo Social de la Nación nos pusimos una meta, trabajar por la justicia social. Si Evita con su juventud fue capaz de hacer lo que hizo, teníamos el camino marcado en una política de derechos sociales a la que nos sumamos con toda nuestra pasión militante.

Por otro lado, pusimos límites al modelo neoliberal que se instaló en las últimas décadas con la figura asistencialista del beneficiario, tan parecida a la de la sociedad de beneficencia que combatió Eva Perón. Nuestra política social está en la familia, es protectora en seguridad social y en la infancia y promotora porque cree que la mejor política social es generar trabajo. No creemos en el asistencialismo, sí en la persona, pero no como objeto sino como sujeto de derechos.

Por todo lo que nos diste, tu corazón nos acompaña y nos orienta para que cada paso que damos sea por los derechos sociales; “no hay fuerza capaz de doblegar a un pueblo que tiene conciencia de sus derechos”. Evita, mujer del Bicentenario, la vicepresidenta que el pueblo quiso, está hoy en la historia de la Patria.

miércoles, 25 de julio de 2012

Eva Perón fue una llamarada


No se me ocurre otra imagen más apropiada para definir el fulgurante y vertiginoso paso por la vida de una mujer a quien siete años le bastaron para convertirse en leyenda, en uno de los mitos perdurables del siglo XX.
Aunque su historia es bien conocida, interesa revisar algunos hitos fundamentales. Nacida en Los Toldos en 1919, hasta 1944 fue Eva Duarte, una actriz de cierto éxito en la radio, el cine y el teatro. Pero el terremoto que en enero de ese año destruyó la ciudad de San Juan sacudió su conciencia social y la impulsó a consagrarse con alma y vida a ayudar a los damnificados. No podía sospechar que esa generosa entrega a las víctimas de la catástrofe haría nacer en ella a otra persona que la historia conocería como Eva Perón y los pobres del mundo como Evita.
Como si anticipara ese destino, ella escribió una vez: “Confieso que tengo una ambición, una sola y gran ambición personal: quisiera que el nombre de Evita figurase alguna vez en la historia de mi patria. Y me sentiría debidamente, sobradamente compensada si la nota terminase de esta manera: de aquella mujer sólo sabemos que el pueblo la llamaba, cariñosamente, Evita.”
No sólo figura en la historia de su patria, sino que su figura alcanzó proyección internacional. Y sesenta años después de su partida, el pueblo sigue llamándola, cariñosamente, Evita.
Pasaron 60 años de la muerte de María Eva Duarte de Perón, la mujer que suscitó fuertes pasiones, desató torrentes de afectos y que, a la vez, despertó odios surcados por una rabiosa envidia.
Haciéndose cargo de su poder y magnetismo, tuvo la grandeza de ponerlos en función de los derechos de los trabajadores de la ciudad y el campo, de los discriminados, abonando caminos de justicia y equidad sociales. Con sus obras, su pensamiento y su creciente compromiso militante, María Eva Duarte de Perón se parió a sí misma como la Evita de los trabajadores, la Evita de los pobres, la Evita de los humildes. Y sigue siendo fuente de inspiración y vida para millones de argentinos y argentinas
A diferencia de otros actores menos favorecidos por la lealtad popular, la muerte de Evita no implicó el olvido sino la inmediata potenciación como mito de quien propulsó una nueva conciencia social, de la que habían carecido las mayorías marginadas: “Donde existe una necesidad nace un derecho”, sentenció Evita. El pueblo creyó en ella y la transformó en leyenda.
Desde pequeña había sufrido la pobreza y la injusticia. Una vez obtenido cierto éxito como actriz, su compromiso con Perón terminaría de torcer el destino de la patria, avanzando en el camino revolucionario que se había comenzado a abonar desde 1943. Pero faltaba Evita. ¿Cómo explicar el peronismo sin ella? Así, mientras Perón fue el estratega y el conductor, Evita fue la expresión de la sensibilidad y del afán de reivindicación de las mayorías postergadas. Fue el grito desgarrado, revulsivo, visceral del pueblo del que provenía y al que nunca estuvo dispuesta a abandonar. “Cuando elegí ser Evita –decía– sé que elegí el camino de mi pueblo. Sólo el pueblo me llama Evita.”
Aprendió política a través de la praxis, de la enseñanza y el ejemplo de su compañero y admirado maestro; también de la observación de la devastada y miserable Europa de posguerra que recorrió convertida en la Dama de la Esperanza. E ignoró la advertencia del futuro Juan XXIII: “Acuérdese que el camino de servicio a los pobres siempre termina en la Cruz”.
Mientras Perón garantizaba la inclusión social a través del trabajo, Evita integraba a los más débiles. Su Fundación construyó hogares para mujeres y niños sin techo, ciudades universitarias e infantiles y más de mil escuelas. Los niños pobres recibieron lujosos regalos y, a través de las competencias deportivas, accedieron a controles médicos y odontológicos. Los ancianos tuvieron asistencia, techo, comida digna, vestimenta y seguridad.
La Fundación construyó doce hospitales y un tren sanitario que brindaba sus servicios a lo largo del país. Los más débiles no eran ya abandonados o apilados en depósitos. La calidad y gratuidad de las prestaciones certificó que la hora de la igualdad había llegado.
También encabezó la reivindicación política femenina. En 1947 se aprobó el voto femenino y en 1951 las mujeres arribaron al Congreso. No fue un hecho aislado: de “nada valdría un movimiento femenino en un mundo sin justicia social”. Sólo el peronismo presentó candidatas. Para las mujeres de la oposición, la casa y la subordinación a sus maridos.
La postulación a la vicepresidencia por parte de la CGT y del Partido Peronista Femenino en 1952 motivó la inmediata reacción del Ejército y de las corporaciones oligárquicas. Un Perón preocupado en garantizar la unidad militar sólo habilitó la vía del “renunciamiento” (aquel 31 de agosto de 1952) como respuesta al clamor de más de dos millones de personas movilizadas en la Av. 9 de Julio. La división llegó de todos modos. Pocos días después, el general Menéndez fracasó en su intento golpista. Entonces, la Evita Capitana retornó y adquirió armas para los trabajadores y defender la revolución. Pero terminaron en poder del Ejército… Las armas y los obreros no iban de la mano en el reparto de atribuciones sociales imaginado por Perón.
La salud de Evita colapsó el 26 de septiembre de 1952. La herida abierta de la Argentina quedaba expuesta una vez más. La lealtad de las mayorías populares, expresada en marchas masivas y desgarradoras a lo largo de los 14 días de funerales, contrastó con los “viva el cáncer” de las pintadas de una oposición que reclamaba con hipocresía la “democracia” cuando en realidad sólo deseaba restablecer sus antiguos privilegios.
Tras la muerte de Evita, la declinación no se hizo esperar. Una vez desplazado Perón, los autodenominados “libertadores” abordaron la empresa de borrar todo rastro del paraíso plebeyo peronista: proscribieron al partido, prohibieron exhibir sus símbolos y mencionar a Perón y a Evita. Se apropiaron de los inmuebles de la Fundación y destruyeron todo aquello que recordara al odiado mito. Incuso el cuerpo de Evita. El golpista Rojas exigió excluir el cadáver de la vida política, y eso implicó su secuestro, múltiples violaciones y mutilaciones en un periplo que sólo concluyó con la última dictadura cívico-militar.
Fue en vano. Evita siguió viviendo “eterna en el alma de su pueblo” y creciendo en la memoria popular. En los años ’70, y ante las decisiones controvertidas de un anciano Perón, la izquierda nacional revolucionaria la convirtió en bandera de rebelión. Visceral e inconformista, salvaje y comprometida con los derechos y la dignidad de los humildes, Evita sigue siendo referente esencial del proyecto nacional y popular, concretando así su propia profecía: “Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”.
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